Todo ser humano, pero sobre todo cada niño tiene la necesidad de sentirse amado, de tal modo que esta necesidad se convierte en la más primordial, más esencial e indispensable para la supervivencia. La necesidad de amor nos hace completamente dependientes hasta que alguien se nos brinda gratuitamente, sin condiciones y amarres.
Los niños son capaces de poner todo en segundo lugar, con tal de recibir una mínima porción, si no de amor, al menos de atención. Si un niño no está seguro de si realmente es querido desarrollará mil y una estrategias para conseguir evidencias:
- Si un niño se porta bien, pero no recibe atención satisfactoria, probará su suerte portándose mal. Y al revés, si nota que le rechazan cuando sigue sus propios impulsos optará por amoldarse para que le acepten.
"Yo siempre me preocupo por los niños que se
comportan demasiado bien, pues sus ojos reflejan a menudo un "alma
acobardada" Clarissa Pinkola Estés
- Si en un grupo de hermanos ninguno recibe suficiente atención exclusiva, para poder tener la certeza de ser amado como individuo, esto se manifiesta en constantes celos, roces, peleas etc...(Aquí hay un artículo de Laura Gutman sobre los hermanos)
Es evidente que nuestra sociedad padece un déficit peligroso justo en lo que más pregona. Esta civilización nuestra no se caracteriza por su capacidad de amar, sino mas bien por actitudes de competitividad, de control, de desconfianza, tendencia a la dominación y por eso se sigue justificando un sistema educativo basado en el control, la manipulación, la competitividad (para que los niños puedan desenvolverse en el mundo que les ha tocado vivir)
Según
Maturana todos los cambios culturales de contenido han nacido en círculos muy reducidos, en espacios limitados ocupados por un número pequeño, como es por ejemplo una familia. Así niños que se crían protegidos dentro de circunstancias de confianza y cooperación, experimentarán esta nueva cultura como algo totalmente normal y cotidiano, aunque el resto del mundo esté sumergido en otros valores.
Es preciso que los niños tengan vivencias reales de amor, necesitan nuestra presencia completa de: cuerpo, sentimientos y pensamientos. (Yo creo que todos hemos tenido alguna vez la experiencia de estar piel a piel con un hijo nuestro de día y de noche y cargándolo a todas partes, pero como nuestra atención estaba en otros asuntos, el niño quedaba insatisfecho)
Los límites son parte de la experiencia de dar y de recibir amor. Generalmente nos preguntamos sobre los límites que deberíamos poner y en realidad nos debería interesar más el "como". Por ejemplo, los niños necesitan ver nuestra cara, orientarse por la posición de nuestro cuerpo y nuestros gestos, para poder interpretar nuestras actitudes y nuestras intenciones. Nunca deberíamos hablarles desde lejos o mirando en otra dirección, pues entonces no les damos tiempo para conectar la situación concreta con nuestras palabras. Al poner el límite con presencia integra, el límite representa una experiencia de amor y no de rechazo.
Con este principio de recibir "atención plena", es factible vivir en armonía con más de un niño en la familia, o al menos debería serlo, ja,ja....que ya sabemos todos que de la teoría a la praxis va un trecho. Además no hay que olvidar lo que señala Dorothy Corkille Briggs en su famoso libro "El niño feliz": "Ningún progenitor provee un clima constantemente seguro a todos sus hijos y en todo momento, porque el padre perfecto no existe. Todos poseemos diversas deficiencias, muy duras de arrostrar y que a veces golpean a quienes amamos"
Esta tarea exige de los adultos el "rebajarnos" del mundo que para nosotros es real, o sea el mundo del trabajo serio, donde todo se juzga y razona con la mente y todo se mide por su utilidad, para ser capaces de ver, oír y palpar las situaciones con el corazón que es el lugar donde nace y crece el amor. Esto nos lleva necesariamente a ponernos límites y a aprender el arte de dedicar atención exclusiva y adecuada a cada uno de nuestros hijos en los actos sencillos y cotidianos. Volviendo con D.C.B. "Todos debiéramos hacernos la siguiente pregunta: "Mi comportamiento, ¿da prioridad a las cosas y los planes o a los seres humanos?"
"El amor del adulto, la atención sin condiciones, es como el sol que calienta y alumbra a los niños. La seguridad que el sol nos brilla sin falta y de acuerdo a un ritmo confiable nos permite vivir las noches sin ansiedad"
Es más de lo mismo, pero voy a copiar un fragmento de un autor que me fascinaba en mi adolescencia y que hoy releía...en él habla de los niños que de un modo y otro son mal amados...
"Como el niño enterrado, asfixiado bajo sus juguetes....
El niño condenado al restaurante, que se
impacienta en su silla delante de un plato...mientras que sus padres no acaban
de comer, beber y hablar....
El niño prisionero, mareado por los Kilómetros,
que se pone nervioso en la parte trasera del coche, casa rodante para hijos de
hombres que ya no saben andar.
El niño abandonado por la mañana, porque sus
padres "van a trabajar para él"....
El niño que bebe ruido y se nutre de imágenes, al
que se deja ante la pantalla de la televisión...
El niño animal sabio que debe correr de la escuela
de todos los días, a la escuela de música y a la escuela de deportes, y que no
tiene tiempo de jugar, callejear, de soñar..
El niño al que ya se quiere enrolar para grandes
causas, y cuyo juego incluso es un juego orientado....
El niño que no tiene derecho a ensuciarse, a
moverse, a hablar, o el niño que tiene derecho a hacerlo todo porque es un
tesoro único al que hay que satisfacer siempre....
El niño que no sabe por qué está aquí, por qué
vive...porque sus padres tampoco lo saben...."
Michel Quoist "Háblame de amor"